Textos y fotos

DEIBYS PALOMINO TAMAYO

@DPalomino10

Durante la placidez que ofrecía la noche del jueves santo, delincuentes forzaron la puerta de la Casa de la Cultura ‘Eugenio Sánchez Cárdenas’ de Lorica para desvalijarla y cargar con la mayor parte de las memorias y del patrimonio bibliográfico que aún quedaba en las destartaladas estanterías donde funcionó la biblioteca municipal.

No contentos con llevarse buena parte de las enciclopedias, libros, y archivos digitales, los ladrones también se llevaron ventiladores y aires acondicionado del auditorio. Para ello armaron un andamio con un viejo escritorio y unas sillas que sacaron de una pequeña bodega.

El inventario de lo robado no se ha totalizado. Hasta la mañana del domingo de resurrección, la junta directiva contrató personal para tratar de organizar las ruinas que quedan en la edificación, que yace cerrada al menos hace diez años.

Impotente, Nicolás Corena observaba el desfile de muebles inservibles y costales llenos de libros carcomidos, y bolsas repletas con popó de murciélago y palomas. Apuntó que acudirán a las autoridades para instaurar denuncia y que la junta se reunirá para definir actividades que apunten a su rescate.

Olvido y ocaso

Desde su creación en 1973, la Casa de la Cultura de Lorica fue referente de políticos, literatos, artistas y ciudadanos. Fue

la meca de tertulias, centro de eventos, reuniones y de consulta para estudiantes y ejecutivos. Los eventos nunca faltaban, ni las improvisadas charlas y discusiones de toda índole. Ser parte de la junta directiva siempre fue un ego.

La Alcaldía incorporó su nómina a la planta de trabajadores y asumió su sostenimiento: los alcaldes nombraban y quitaban directores al vaivén de la política. El ocaso del otrora corazón cultural de la capital del Bajo Sinú comenzó en 2007, cuando el alcalde de turno rompió relaciones y sobrevinieron las asfixias con cortes de servicios públicos y sin fondos para mantenimiento y sostenimiento.

 


La extensa biblioteca quedó a merced de los roedores, casi todos los libros se los comieron. Otros desaparecieron. El teclado del computador yace empolvado, del resto del equipo se desconoce su destino. En las salas de lectura acomodaron cajas donde antes estaban los escritorios.

En un rincón permanece incólume el busto de don Eugenio Sánchez Cárdenas, excongresista gestor de la Casa de la Cultura. En las paredes aún se observan viejas pinturas. En el piso dejaron un retrato de Gregorio Hernández, en el que posa su uniforme cuando viajó a la guerra de Corea, de la que sobrevivió.

En la segunda planta hay arrumes de muebles inservibles, algunos estuches de instrumentos vacíos y huellas de la memoria que aún guarda la institución cultural.

Han pasado tres alcaldes, con los que no hubo sintonía para revivir la Casa de la Cultura. La actual alcaldesa, Nancy Jattin Martínez, tuvo acercamientos con la junta directiva para reactivarla, a cambio de pasar el inmueble al municipio, con las implicaciones políticas que acarrearía dejar a su disposición la entidad y su dirección. Ello truncó la posibilidad de reabrirla y convertirla de nuevo en el eje cultural de la ciudad.

Por ahora las escrituras siguen en poder de la junta directiva, que no resigna a que su bien patrimonial corra la misma suerte de la desaparecida Casa de la Cultura de Montería, cuya sede quedó en manos de un particular y ahora es un parqueadero privado.

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