El tráfico en el Puente de La Doctrina es regulado por dos semáforos humanos a cambio de unas monedas.

Deibys Palomino Tamayo

@DPalomino10

En la vía que de Lorica conduce a San Bernardo del Viento y Moñitos se erige una extraña mole de cemento y varilla sobre el río Sinú, categorizada como monumento a la mediocridad.

Antes de tomar el único carril, en la mitad se divisan una improvisada caseta, que se asemeja a un peaje; y dos mujeres con un trapo rojo y otro verde.

Con intervalos de dos minutos agitan las panolas que funcionan como semáforos, activados por ellas, para dar señales a los conductores que esperan el cambio de color en cada orilla del puente inaugurado en 1983 y que fue bautizado como “Puente de La Doctrina”.

Ese es el rebusque de más de treinta familias de ese corregimiento de Lorica. En la artesanal caseta los conductores, voluntarios, tributan de a mil y hasta cinco mil pesos por evitar un trancón y hasta un accidente en la mitad del puente; los camiones que llevan los alimentos de la región pagan con una mano de plátano, una libra de ñame, de yuca, cocos, limones y frutas por evitarles un choque, o provocar un trancón en la mitad del cruce.

En un día la caja registradora cuenta hasta cien mil pesos, que se van a un fondo común de las familias que viven del singular empleo.

Honorio Cumplido, veterano líder de La Doctrina – Las Garitas, quien para la época en que fue inaugurado era concejal en Lorica, asegura que inicialmente los operarios fueron asumidos por la regional del Ministerio de Transporte, al cabo de unos años dejó la carga presupuestal al municipio, que no tuvo forma de incluirlos en la nómina, dando pie a la cooperativa que treinta y tres años después subsiste del peaje voluntario.


No había para más

Antes del puente, un ferry metálico del ganadero Lawandio Barguil y un rústico planchón tablestacado atravesaban el río de Sinú con jeep Willys, camiones de carga, personas y animales encima.

La carretera era destapada, pero con el paso de los años crecieron las poblaciones, los viajes, y por ende la demanda de mejores vías. En 1977 el congresista loriquero Eugenio Sánchez Cárdenas tocó las puertas del Ministerio de Transporte hasta que el 7 de diciembre un periódico bogotano publicó la licitación, incluida en la Ley del Bicentenario.

Eugenio Sánchez Cárdenas (qepd)
Eugenio Sánchez Cárdenas (qepd) archivo particular.

Vía telefónica el dirigente ordenó al locutor de su emisora en Lorica, Radio Progreso de Córdoba (R.P.C), emitir un sirenazo para que leyera los términos de la licitación que pondría fin al retraso en la subregión del bajo Sinú.

El locutor encargado de difundir la primicia fue Andrés Mendoza Montiel y dio paso Salim Jattin Marxan, funcionario del municipio, para que leyera los términos del aviso.

(escuche archivo RPC cortesía de Aquilino Manuel Palomino)

La noticia llenó de júbilo a los loriqueros, doctrineros, gariteros, sanbernardinos y moñiteros. Con el paso del tiempo las ejecuciones del contrato revelaron una desalentadora y terrible realidad: el presupuesto apenas alcanzó para un solo carril.

El gobierno nacional asignó la partida única, que tocó cogerla, o seguir cruzando el Sinú en quince minutos encima del viejo planchón.

En 1983 el gestor no conoció el puente mocho porque falleció. Fue  inaugurado con la banda Aires de La Doctrina. El exalcalde Orlando Cuadrado y el periodista Aquilino Manuel Palomino coincidieron afirmar que si ‘don Eugenio’ hubiera estado vivo, no habría permitido esa burla, que ni la ‘mermelada’ de cupos indicativos que se regó por todo el mapa nacional ha logrado subsanarla.

El último alcalde de San Bernardo del Viento, Elber López, previo a la despedida de Germán Vargas Lleras como vicepresidente de Colombia, le pidió una partida presupuestal para el otro carril, que acabaría el rebusque de los semáforos humanos.